I+D y producto
Investigación, prototipos y desarrollo hasta un producto listo para el mercado.
Pilar · El modelo
Construimos startups en serie a lo largo del camino de trece fases, y somos el primer inversor de cada proyecto.
Las participaciones que este modelo reparte las fija el comité, dentro de la horquilla declarada de cada puerta.
19 min de lectura · o ve directo a las ocho etapas
Volcano no ofrece servicios a startups ajenas: las construye. Invierte primero en las fases más arriesgadas, aporta tecnologías, personas e infraestructura, y lleva la solución del laboratorio al mercado a través de una startup dedicada, con el riesgo reducido por los fondos públicos.
El modelo
Una incubadora ofrece espacios, contactos y mentoring a startups que se quedan solas ante las dificultades, y gana en cualquier caso, sea cual sea el resultado. Un venture builder construye las startups desde cero de forma sistemática (identifica el problema, genera la solución, la desarrolla, la protege con propiedad intelectual y la lleva al mercado) y gana solo si las startups tienen éxito. Es una diferencia de intereses, no solo de método: Volcano posee ya el sustrato de competencias y finanzas sobre el que una idea crece, y lo pierde todo si esa idea no llega.
El alcance
La I+D es solo una de las áreas. Una startup necesita también marca, clientes, contratos, contabilidad y cumplimiento: Volcano cubre todas las funciones que componen una empresa de éxito, con equipos que ya lo han hecho antes.
Investigación, prototipos y desarrollo hasta un producto listo para el mercado.
Volcano diseña la marca, el posicionamiento y la generación de demanda; la startup los ejecuta en el mercado.
Volcano construye los canales y las alianzas; la venta, de los primeros clientes a la tracción, la ejecuta la startup.
Contabilidad, tesorería, control de gestión y reporting a los inversores.
Constitución, pactos de socios, contratos y propiedad intelectual.
I+D+i, ZEC, Tax Lease y ayudas: la ingeniería fiscal que financia el conjunto.
Selección, equipos y cultura: la empresa son personas antes que procesos.
Infraestructura, calidad y procesos para operar y escalar con solidez.
El camino
Cada venture recorre las fases del camino, y cada fase reduce el riesgo de la siguiente: la pregunta que cierra una es la puerta de la próxima. El recorrido completo, con sus trece fases, sus cuatro macrofases y sus termómetros, está en El camino.
El filtro
Superar una fase es una decisión: de F1 a F7, las siete preguntas que cierran cada fase son los siete filtros del proceso. La disciplina clásica de la innovación por etapas: matar pronto y barato lo que no merece seguir, e invertir más solo cuando el riesgo ha bajado. Las siete preguntas:
El estado completo de la criatura se lee en las trece fases del camino.
El recorrido
Una startup Volcano atraviesa trece fases, del problema al beneficio: el camino no empieza en la idea, empieza en el problema, capturado y analizado por Volcano antes de que la startup exista. El rasgo distintivo es que nace ya con un valor (porque hereda ese trabajo y accede desde el primer día a recursos, competencias y red) y está construida para elevar, en cada paso, su probabilidad de éxito. El recorrido completo, fase por fase, con su propio diagrama y su conexión con la pirámide TRL, vive en El camino.
Aviso. El contenido de esta página es informativo y no constituye asesoramiento fiscal, legal ni de inversión. Las cifras y porcentajes son orientativos: la normativa cambia y esta página puede no reflejar las últimas disposiciones legislativas. Los valores aplicables a cada caso concreto se revisan y se discuten en la videollamada, tras la cualificación.
La financiación
Seis fuentes distintas, con reglas distintas. Ningún proyecto las usa todas a la vez, y casi ninguno usa una sola: la combinación depende del proyecto y del calendario, no de una regla fija.
Entra primero, en la fase donde no hay dinero de terceros disponible: captura del problema, análisis, ideación y concepto técnico. Es la parte del recorrido que nadie financia, y la que decide si el proyecto existe.
El inversor con cuota que pagar financia la investigación a través del Tax Lease. Su retorno no depende de que la startup triunfe: se materializa vía impuestos, en el ejercicio. Cubre el tramo más caro, de TRL2 a TRL5, que es el que ninguna otra fuente cubre.
Dinero que entra en el proyecto y no se devuelve. No diluye a nadie: no toca el capital de la startup. Las convocatorias nacionales y europeas rara vez financian el principio, así que suele llegar de TRL5 en adelante.
La otra mitad de muchas convocatorias: tipo bajo o nulo, plazos largos y carencia, pero es dinero que vuelve. Tampoco diluye, porque no toca el capital, pero pesa en el balance. La proporción entre subvención y préstamo la fija cada convocatoria, no nosotros: por eso no publicamos un porcentaje general, sería un número inventado.
El inversor privado entra en la startup mediante nota convertible, con la participación fijada el primer día. Aporta circulante en las fases tempranas y cubre lo que la cobertura pública y fiscal no alcanza.
Quien aporta dinero como préstamo sin entrar en el capital: no recibe participación y no depende del valor futuro de la empresa. Es la posición de menos riesgo y de menos recorrido, y la primera en cobrar.
El calendario
Casi todas las fuentes pueden entrar en casi cualquier momento del recorrido. Lo que cambia es qué es lo habitual, y esa diferencia es la que decide cuánto riesgo soporta cada uno: entrar antes es arriesgar más.
Cuándo puede entrar cada tipo de capital, por nivel TRL
El tramo oscuro es lo habitual; el claro, lo que también es posible. El préstamo público sigue las mismas convocatorias que la subvención, por eso comparte tramo. Ninguna combinación está cerrada de antemano: se decide proyecto a proyecto.
Puede entrar desde el principio si quiere, y de TRL3 en adelante es lo habitual. No es un relevo que aparece cuando los demás ya han trabajado el riesgo: elige en qué punto de la curva quiere estar.
Es lo más frecuente, y no por casualidad: la deducción del inversor fiscal se calcula sobre los costes del proyecto, así que el capital privado que se suma amplía la base sobre la que se deduce. Las dos vías no compiten; se refuerzan.
La devolución
La sección anterior dice de dónde sale el dinero. Esta dice cómo vuelve cuando el camino se interrumpe, que es donde de verdad se ve cómo está repartido el riesgo.
Conviene decir primero qué significa «que las cosas vayan mal», porque no siempre significa perder. Un proyecto puede no llegar a convertirse en una startup, o no llegar a entrar en una: puede detenerse en TRL5 con un prototipo validado, o llegar hasta TRL9 con un producto terminado y quedarse ahí, sin que nadie lo lleve al mercado. En ese punto no hay una empresa que venda, pero sí hay algo que tiene valor: la propiedad intelectual, la tecnología documentada y la validación que ya ha costado dinero conseguir.
Eso se puede vender o licenciar a un tercero (una empresa del sector, un competidor, un grupo industrial que quiera saltarse esos años de trabajo), y con lo que se obtenga se recupera lo invertido. Rara vez es la mejor salida, pero casi nunca es cero: un prototipo validado con su documentación vale más que la idea de la que salió. Ese importe es lo que se reparte, y se reparte en este orden, del más protegido al menos protegido.
El inversor fiscal no aparece en esa lista, y no es un olvido: su retorno no depende de la liquidación de la startup sino de su propia cuota, y se materializa en el ejercicio en que se aplica el crédito fiscal, pase lo que pase con el proyecto. Es la única figura cuyo resultado no está en juego aquí.
Ese orden no es una cortesía: es la forma concreta que toma la frase «arriesgamos primero». Volcano entra antes que nadie, en la fase donde no hay dinero de terceros disponible, y sale después que todos. Si un proyecto acaba mal, los primeros que pierden somos nosotros; si acaba bien, ganamos con los demás y no antes que ellos.
El retorno
La sección anterior describe el peor caso: la startup no llega al mercado y lo que hay que repartir es lo que se obtenga por el conocimiento generado. Este es el otro escenario, y funciona distinto para cada figura.
Cobra dos veces y por vías separadas. La primera es la deducción y las bases imponibles negativas, que se aplican en el ejercicio y no dependen de lo que pase después con el proyecto. La segunda es la participación en la startup, por la parte de su aportación que el crédito no le devuelve, convertida con la misma fórmula que la nota del inversor privado; sigue el valor de la empresa como la de cualquier otro socio. Es el doble retorno: una parte cierta, otra no.
Su nota convertible se transforma en participación, con el porcentaje fijado desde el primer día. A partir de ahí gana como cualquier socio: en una venta, total o parcial, o por dividendos si la startup los reparte. La forma concreta de la salida no está decidida de antemano: se examina startup por startup, cuando llega el momento y con los números delante.
Gana lo pactado en el préstamo, y nada más: es la contrapartida de cobrar el primero. Si la startup multiplica su valor, ese recorrido no es suyo. Quien quiere participar del valor que se crea entra por la otra puerta.
Cobra dos veces, y de naturaleza opuesta. Lo pequeño e incondicionado: los servicios de desarrollo que factura a la AIE, a tarifa de mercado contrastada por comparables porque la ley lo impone entre partes vinculadas, y la comisión de estructuración que pagan los inversores fiscales fuera del vehículo. Lo grande y condicionado: su participación de clase B en la startup, minoritaria, sin control y subordinada, que vale cero hasta que el inversor ha recuperado lo aportado. Es la razón por la que la frase «solo ganamos si la startup gana» describe dónde está nuestro dinero, no una declaración de intenciones.
Nada de esto es una previsión de rendimiento. Una startup puede venderse, puede repartir beneficio, puede sostenerse sin hacer ninguna de las dos cosas, o puede no llegar: por eso existen las dos secciones, esta y la anterior, y por eso la página de cifras sigue vacía hasta que haya operaciones cerradas que contar.
El riesgo
El riesgo se reduce con seis palancas, y tres de ellas hacen el trabajo más pesado. La primera son los problemas ya validados: Volcano trabaja con profesionales que conocen un sector desde hace años y han identificado sus problemas críticos, y los somete a una validación rigurosa antes de empezar. La segunda es un ecosistema completo de competencias, de la investigación a la industrialización y al mercado. La tercera, decisiva, son los fondos públicos para la innovación, que reducen gran parte del riesgo financiero antes de que entre el capital privado. Las seis, una a una, con el riesgo concreto que cada una desactiva, están en cómo reducimos el riesgo.
La gobernanza
Volcano no es un grupo ni una holding: es una red de empresas independientes. No ostenta el control de las empresas que construye: actúa como coordinador y garante de la red, como un padre de familia que reconoce la contribución de cada uno y la premia con equidad. Invierte primero, en las fases estadísticamente más críticas (validación del problema, conceptualización, protección de la PI), asumiendo el riesgo inicial y reduciéndolo para quien entra después. Aporta luego tecnologías de base en licencia, personal técnico y directivo, consultoría a precio de coste y la infraestructura operativa. Por todo ello recibe un reconocimiento, como cualquier otro contribuidor; pero no manda ni posee las startups.
El reparto del valor
El valor no se concentra en Volcano: la participación en cada startup se distribuye entre todos los contribuidores (emprendedores, técnicos, inversores y el propio Volcano) en proporción al valor aportado, reconocido por un comité con métricas transparentes. El reconocimiento llega en dos tiempos: durante la construcción del conocimiento y después, con la participación en la startup que lleva la solución al mercado. Así, quien crea el valor lo posee; el papel de Volcano es hacerlo emerger y remunerarlo, no retenerlo.
La protección
Hay dos propiedades intelectuales, y siguen reglas distintas. La PI de base es la que alguien aporta al proyecto: una idea reconocida, una tecnología previa. Sigue siendo de quien la trajo y se concede en licencia a la startup: la idea queda en manos de quien la trajo. La PI que el proyecto construye nace en el vehículo de proyecto, la AIE que paga la I+D, y termina íntegramente en la startup. Al concluir, la AIE se disuelve y le adjudica toda la propiedad intelectual, a valor pericial anclado al coste, antes de cualquier acto de comercialización. La startup es titular al cien por cien de lo construido. Sobre ese activo entero recae la participación del inversor privado, con preferencia de liquidación sobre el bloque promotor. Si el proyecto se interrumpe antes, el inversor tiene prelación sobre la propiedad intelectual parcial construida hasta ese momento. Cómo funciona, en la nota convertible.
El resultado
El resultado de estas palancas es un salto de eficiencia. Una startup tradicional necesita del orden de 2 millones de euros de capital privado para alcanzar una valoración de 5 millones en dos años, con una probabilidad de éxito en torno al 15%. Una startup Volcano apunta al mismo resultado con aproximadamente 500.000 € de capital privado y una probabilidad sensiblemente mayor: un factor de eficiencia del orden de diez veces (estimaciones internas, orientativas). Completada la investigación, la startup se constituye donde su mercado lo pida. Como norma, en Canarias, en régimen ZEC, que reduce el Impuesto sobre Sociedades al 4% y aumenta los márgenes netos distribuibles. Pero el método no la encadena: puede nacer en cualquier parte del mundo cuando la oportunidad lo justifique. La financiación sigue la misma lógica: la AIE española puede recibir capital de sociedades extranjeras, y hay proyectos que se desarrollan sin AIE, solo con fondos privados o con ayudas públicas de otros países.
El núcleo de competencias, y las startups que lo intersecan
La barrera de entrada
Los productos Volcano integran hardware, software, mecánica, química y electrónica en soluciones verticales para mercados de nicho que los grandes actores descartan por «demasiado pequeños» para sus cuentas. Es un posicionamiento defendible: los gigantes tecnológicos se convierten en proveedores y socios potenciales, no en competidores directos, y las barreras de entrada se fundan en un know-how contextual difícil de replicar solo con capital.
Lo multidisciplinar suele venderse como un adorno, «equipo diverso», y no lo es. Es una cuestión de estabilidad estructural. Conviene imaginar cada disciplina como una pata: cuantas más patas, más estable el proyecto y más estable el producto que sale de él. Y al revés, que es la parte incómoda: una sola clase de conocimiento que falte es ya un punto de debilidad, por mucho que las demás sobren.
Esto tiene un nombre en ciencia, y conviene decirlo porque le da rigor a una intuición. Es la ley del mínimo, desarrollada por Carl Sprengel en 1828 y popularizada por Justus von Liebig: el crecimiento no lo determina la suma de los recursos disponibles, sino el más escaso. Se ilustra con el barril de Liebig, hecho de duelas de distinta altura: el agua se sale por la más corta, por muy altas que estén todas las demás. Un proyecto de innovación se comporta igual. No rinde según la media de sus competencias: rinde según la que falta.
De ahí una consecuencia práctica que cambia cómo se monta un equipo. No se trata de reforzar la disciplina en la que ya somos buenos, que es lo cómodo y lo que hace todo el mundo. Se trata de encontrar la duela corta antes de que se note. Las cinco áreas del núcleo (I+D y producto, marketing y ventas, legal y fiscal, administración, talento y operaciones) son exactamente eso: las patas que ya están puestas el primer día. Y es la razón estructural por la que un venture builder parte por delante de quien monta un equipo nuevo cada vez: no porque sea más grande, sino porque no le falta ninguna. El dibujo de los círculos de las palancas del riesgo es literalmente eso.
Y funciona también como criterio de selección, no solo de organización: si un problema exige una disciplina que no tenemos ni sabemos dónde conseguir, ese proyecto no se abre. Es la misma lógica del tercer factor de la tríada: fuera del círculo no hay vacío, hay insuficiencia.
«No basta con tener buen ingenio: lo principal es aplicarlo bien.»
La tesis
Para los operadores clásicos del Tax Lease, el instrumento es un fin: intermedian entre proyectos ajenos e inversores fiscales, y su retribución es un porcentaje sobre el coste del proyecto. Para Volcano es un medio: lo aplicamos solo a proyectos propios, gestionamos todo el proceso a precio de coste con márgenes mínimos, y desplazamos nuestro margen a la participación en la startup: ganamos después, y solo si la startup gana. La comparación completa, categoría por categoría, está en el Tax Lease como medio.
Preguntas frecuentes
Las que abre esta página. El resto, en las preguntas frecuentes.
La incubadora vende servicios y gana en cualquier caso; Volcano construye las startups y gana solo con su éxito, porque participa en el valor que crean.
Depende del proyecto, y el rango es amplio: entre uno y cinco años de desarrollo. El tramo de TRL1 a TRL5, que es el más caro y el que más riesgo elimina, suele llevar dos años, tres como máximo. Son órdenes de magnitud orientativos, no un compromiso: la duración real la fijan la tecnología y la regulación de cada sector.
Lo decide Volcano, y lo hace aplicando un criterio que puedes leer antes de entrar: las cuatro preguntas, siempre en el mismo orden, y la ventana de decisión, que dice cuándo seguir analizando cuesta más de lo que vale. No es discrecionalidad: es un protocolo declarado. La decisión se comunica con transparencia a todos los que han participado en el proyecto, y se toma respetando sus derechos, que están fijados por escrito desde el primer día.
La propiedad intelectual que el proyecto construye termina en la startup, que es titular al cien por cien de ella; la PI de base sigue siendo de quien la trajo, en licencia. La startup es una empresa independiente, con sus fundadores en el control, sus inversores como socios de clase A y Volcano como minoría sin control: si desapareciera la sociedad coordinadora no desaparecerían ni la startup, ni la propiedad intelectual, ni los resultados, y las startups no dependen de nosotros para operar.
Sí. No inviertes en un fondo ni en una cesta: eliges el proyecto concreto, y puedes explorar los que están en preparación en la cartera.
Porque la participación de la nota convertible queda fijada el primer día, no cuando convierte: entrar antes vale más. A cambio se asume más riesgo, que es exactamente el intercambio que describe el gráfico del calendario.
La startup, en las condiciones que fija cada convocatoria: tipo bajo o nulo, plazos largos y carencia. No diluye a nadie, porque no toca el capital, pero es deuda y pesa en el balance. Está detallado en de dónde sale el dinero.
La nota convertible se convierte en participación en tres momentos: cuando el proyecto llega formalmente a la startup, en una ronda cualificada, o en una venta. Antes de eso no hay un mercado donde vender: es capital de riesgo, y la iliquidez es parte del trato. Las condiciones completas están en la puerta del capital.
Porque exige tener proyectos de I+D propios que cualifiquen, la estructura para certificarlos y la capacidad de ejecutarlos. Para el operador clásico es un fin y cobra un margen sobre el coste; para nosotros es un medio, y por eso se gestiona a precio de coste sobre proyectos propios. La diferencia está en un fin o un medio.