Pilar · El método
La frontera del conocimiento
Dónde empieza una invención, y por qué con nosotros el esfuerzo no se desperdicia nunca.
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El inventor no sufre por falta de ideas, sino porque no sabe hasta dónde llega lo conocido: así corre el riesgo de gastar su ingenio en redescubrir lo que ya existe. Nosotros construimos un mapa del borde del conocimiento, hacemos que cada invención empiece en ese borde, y conservamos incluso los caminos que no llevan a la meta, porque a menudo abren otra.
El diagnóstico
El verdadero problema del inventor
Se cree que inventar es sobre todo cuestión de ideas. No es así. El cuello de botella, casi siempre, es otro: saber hasta dónde ha llegado el saber. Sin ese mapa, una mente brillante puede trabajar durante meses y llegar a una solución que alguien, en algún lugar, ya encontró y quizá patentó. El esfuerzo no es menos genial; solo está gastado en el lugar equivocado. Es desperdicio (de tiempo, de talento, de capital) y no nace de la ignorancia del inventor, sino de la ausencia de un mapa fiable del borde de lo conocido.
La respuesta
Un mapa del borde del saber
Nuestra respuesta es construir ese mapa. No una lista de lo que se sabe, sino una representación viva de su borde: la línea más allá de la cual empieza lo desconocido. Los filósofos de la ciencia lo llaman el adyacente posible: el conjunto de lo que se vuelve alcanzable con un solo paso a partir de lo que ya se conoce. La innovación vive ahí, en el borde: no en el vacío, donde no hay asidero, y no en el interior ya explorado, donde solo se redescubre. Hacer visible ese borde significa decirle al inventor, y a nuestro motor: empieza aquí.
La forma
Una frontera fractal
Este borde no es una línea nítida sobre un mapa plano. El conocimiento tiene muchas dimensiones (cada disciplina, cada técnica, cada material añade una) y su borde está recortado a todas las escalas. Dentro de una región que parece resuelta anidan micropreguntas abiertas; entre las islas de lo conocido quedan golfos de ignorancia. Es una superficie irregular, plegada sobre sí misma, con infinitas ensenadas. La consecuencia es alentadora: frontera por explorar hay siempre, mucha más de la que un mundo liso dejaría imaginar. Y nos dice también cómo movernos: no se cartografía el planeta entero del conocimiento; se recorre por grados, eligiendo primero la región y acercándose cada vez más al punto exacto donde lo conocido termina.
El método
Empezar por el borde, no por el vacío
De ahí nuestra elección de método, que invierte la práctica común. Normalmente la verificación de originalidad llega al final («¿esto que he hecho es nuevo?») cuando el esfuerzo ya se ha gastado. Nosotros la ponemos al principio: antes de generar nada, el sistema localiza la región del problema, reúne lo que ya se sabe y muestra exactamente dónde ese saber se agota. Así cada invención empieza en la frontera por construcción, y el ingenio (humano y artificial) se gasta solo donde puede añadir algo. Eso es lo que queremos decir cuando afirmamos que aquí el esfuerzo no se desperdicia.
El hallazgo
La serendipia: no tirar los caminos laterales
Buscando una solución, por el camino se abren otras. Un camino que no resuelve el problema de partida puede resolver otro; o produce conocimiento nuevo que hoy no sirve para nada y mañana será precioso. La historia de la invención está llena de estas fortunas: descubrimientos hechos buscando otra cosa. Un sistema que podara todo camino fuera de objetivo tiraría justamente el material del que nace gran parte del valor. Nosotros hacemos lo contrario: lo conservamos. Cada resultado lateral entra en nuestro patrimonio como un hallazgo, con una estimación de para qué podría servir, y cuando llega un problema nuevo el sistema comprueba primero si en el almacén hay ya una solución esperándolo. Y quien produjo ese conocimiento es reconocido cuando su valor se realiza, incluso años después.
La memoria
Recordamos también los fracasos
Hay una ventaja que nos pertenece y que nadie más tiene. Un mapa construido solo sobre la ciencia publicada sabe qué funciona, pero no qué se ha intentado sin éxito, porque el mundo casi no publica los resultados negativos. Nosotros esos callejones sin salida los recordamos. Así, nuestro mapa marca no solo las islas de lo conocido, sino también los bajíos: «aquí ya lo intentaron, no lleva a ninguna parte». Es, bien pensado, la información que más esfuerzo ahorra. Cuanto más trabaja el sistema, más se convierte en el único lugar que sabe de verdad dónde está la frontera, porque es el único que recuerda también los fracasos.
Los límites
Lo que no prometemos
Por honestidad: no existe un mapa completo de todo el saber humano, y no pretendemos tenerlo. Mucho conocimiento no es digital, parte es tácito, parte está cerrado, a veces es contradictorio. La novedad, además, es siempre una estimación: no encontrar rastro de algo no es la prueba cierta de que nadie lo haya hecho. Lo que construimos es una aproximación navegable de la frontera en los campos en los que trabajamos: densa donde importa, honesta sobre sus puntos ciegos, y capaz de mejorar con cada proyecto. Incluso así, parcial, ataca de raíz el problema del desperdicio y de la repetición. Y es, en sí misma, una investigación abierta: una de las razones por las que lo que hacemos es investigación de verdad.
Preguntas frecuentes
Preguntas frecuentes
¿Por qué tantos inventores «redescubren» cosas que ya existen?
Porque les falta un mapa fiable de hasta dónde ha llegado el saber; el esfuerzo es genial, pero gastado en el lugar equivocado.
¿Qué es el adyacente posible?
El conjunto de lo que resulta alcanzable con un paso a partir de lo conocido: es ahí, en el borde, donde vive la innovación.
¿Qué hacéis con las investigaciones que no llevan a la solución buscada?
Las conservamos: pueden resolver otro problema o volverse útiles en el futuro, y quien las produjo es reconocido cuando generan valor.
¿Tenéis un mapa de todo el conocimiento?
No, y es imposible tenerlo. Construimos una aproximación navegable en nuestros dominios, honesta sobre sus propios límites.
«Si he visto más lejos, es porque estaba subido a hombros de gigantes.»
Empieza donde termina lo conocido.
Y una vez ahí, invierte el esfuerzo con el mismo criterio: la pirámide TRL.
John F. Kennedy, 1962