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VOLCANO
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Entender la innovación · Parte II · Del laboratorio al mercado

08 · Estrategia y cartera de innovación

13 min de lectura

En síntesis

  1. Los proyectos de innovación tienen desenlaces inciertos por naturaleza: la racionalidad no vive en el nivel del proyecto individual sino en el de la cartera, donde la estadística trabaja a favor de quien tiene suficientes intentos, disciplina de selección y valor para parar.
  2. Una cartera se juzga en tres dimensiones: el valor esperado, el equilibrio (entre horizontes temporales, niveles de riesgo, áreas tecnológicas) y la alineación con la estrategia; maximizar la primera ignorando las otras dos produce carteras frágiles o incoherentes.
  3. La evidencia empírica señala el error dominante en la práctica: demasiados proyectos para los recursos disponibles. La dilución alarga todos los plazos, rebaja la calidad de todo, y genera el proyecto zombi, ni parado ni financiado adecuadamente.
  4. El roadmapping conecta problemas, tecnologías y plazos en un horizonte común; la technology intelligence (scouting, análisis de patentes, seguimiento científico) alimenta la cartera y vigila las amenazas.
  5. Los conceptos parados no son desechos: documentados y protegidos, son opciones que circunstancias futuras pueden reabrir. El patrimonio de conceptos es un activo de la cartera, con un valor que la teoría de las opciones reales hace explícito.

Sección 1

Por qué la cartera, y no el proyecto, es la unidad de gestión

Los capítulos anteriores han construido la disciplina del proyecto individual: validar el problema, comprar información al coste mínimo, comprometer capital contra evidencia. Pero incluso el proyecto perfectamente gestionado sigue siendo una apuesta de desenlace incierto: la gestión del riesgo reduce la probabilidad de fracaso, no la anula, y para las innovaciones más ambiciosas la probabilidad residual sigue siendo alta por construcción. La consecuencia lógica: una organización que vive de la innovación no puede confiar su destino a un desenlace único. La racionalidad cambia de nivel, del proyecto a la cartera, donde tres propiedades se vuelven gestionables.

La primera es estadística: con suficientes intentos independientes, la varianza agregada baja y los éxitos, por imprevisibles que sean individualmente, se vuelven colectivamente esperables; el capítulo 10 mostrará que en la distribución de los retornos de la innovación, fuertemente asimétrica, el número de intentos no es un detalle sino la condición de acceso a las colas donde vive el valor. La segunda es informativa: los proyectos de una cartera comparten aprendizaje (una tecnología validada en un proyecto sirve al siguiente, un canal abierto se reutiliza), y esto transforma parte del coste de los fracasos en inversión reutilizable. La tercera es de asignación: solo en el nivel de la cartera existe la pregunta "¿este euro rinde más aquí o en otra parte?", que es la pregunta que disciplina tanto las entradas como las paradas.

La gestión de cartera de la I+D tiene una literatura empírica consolidada (Cooper, Edgett y Kleinschmidt, que son sus referencias principales), y su diagnóstico recurrente merece abrir el capítulo porque describe el error más difundido: la mayoría de las organizaciones tiene demasiados proyectos activos respecto a los recursos. Las causas son estructurales (abrir un proyecto es gratificante y visible, pararlo es doloroso y discutido; los criterios de entrada son más débiles de lo que se declara; nadie posee el inventario completo) y el efecto es la dilución: cada proyecto avanza con menos recursos de los necesarios, todos los plazos se alargan, la calidad del trabajo baja en todas partes, y las ventanas temporales del capítulo 05 se cierran mientras los proyectos hacen cola unos detrás de otros. La forma crónica de la dilución es el proyecto zombi: demasiado poco financiado para avanzar, demasiado poco examinado para ser parado, consume indefinidamente el recurso más escaso (la atención de las mejores personas) devolviendo opciones que nadie ejercerá. Una cartera se juzga también por cuántos zombis tolera.

Sección 2

El equilibrio: horizontes, riesgo, composición

Si la cartera es la unidad de gestión, su primera propiedad diseñable es la composición. El marco más difundido para razonar sobre ella es el de los tres horizontes (Baghai, Coley y White, The Alchemy of Growth, 1999): el horizonte 1 recoge la extensión y la defensa del negocio actual (para una cartera de innovación: los proyectos incrementales sobre líneas existentes); el horizonte 2, las oportunidades emergentes en construcción (los proyectos que abren líneas nuevas sobre capacidades adyacentes); el horizonte 3, las opciones sobre el futuro (exploraciones a largo plazo, tecnologías verdes, mercados todavía inexistentes). El punto del marco no son las etiquetas sino la obligación que impone: hacer explícita la distribución del capital y de la atención entre los tres, porque la distribución implícita, dejada a las dinámicas espontáneas, converge sistemáticamente en el horizonte 1 (que tiene de su lado los clientes, los números y la urgencia) y deja sin recursos a los otros dos, reproduciendo en el nivel de la cartera el desequilibrio exploración-explotación que el capítulo 16 tratará en el nivel organizativo. Las proporciones correctas no son universales: la regla citada del 70-20-10 es una anécdota de gestión, no un resultado empírico, y el reparto correcto depende de la velocidad del sector, de la posición competitiva y de la fase de la organización. Lo que es universal es el requisito de explicitud: el reparto debe ser una elección declarada y revisada, no un residuo contable.

Junto a los horizontes, el equilibrio clásico cruza riesgo y valor esperado: la matriz resultante distingue las perlas (alto valor, alta probabilidad), las ostras (alto valor, baja probabilidad: las apuestas que justifican la cartera), el pan de cada día (bajo valor, alta probabilidad: útil, pero una cartera llena de él es una renta disfrazada de innovación) y los elefantes blancos (bajo valor, baja probabilidad: candidatos a la parada que sobreviven por costes hundidos y patrocinadores apegados). También aquí la función de la matriz es diagnóstica antes que prescriptiva: obliga a ver la forma de la cartera, y las formas patológicas (todo pan de cada día, o una sola gran apuesta que concentra el riesgo) son visibles solo desde arriba.

Sección 3

Roadmapping y technology intelligence: la dimensión tiempo y la dimensión fuera

El roadmapping. La cartera vive en el tiempo, y el instrumento que organiza su dimensión temporal es la hoja de ruta tecnológica (technology roadmap): una representación en horizonte plurianual que alinea tres capas (los problemas y los mercados en evolución; los productos y las soluciones planificadas; las tecnologías y las capacidades necesarias) y hace visibles las dependencias entre ellas. La pregunta a la que responde la hoja de ruta no es "qué haremos" en sentido de compromiso rígido, sino "qué debe ser verdad, y cuándo, para que lo que queremos hacer sea posible": qué tecnologías deben madurar para qué fecha, qué competencias deben adquirirse antes de qué proyecto, qué ventanas de mercado imponen qué plazos aguas arriba. En carteras deep tech, donde los tiempos de maduración tecnológica (capítulo 06) son largos y las ventanas de adopción (capítulo 05) no esperan, la hoja de ruta es el instrumento que impide descubrir las incompatibilidades temporales cuando es tarde para remediarlas.

La technology intelligence. La cartera necesita ojos hacia el exterior, para dos funciones simétricas: alimentar (identificar tecnologías, problemas y partners que merecen entrar) y vigilar (avistar las amenazas: la tecnología sustitutiva que sube por su curva en S, el competidor que se mueve, el diseño dominante que se acerca). Los instrumentos son sistematizables: el seguimiento de la literatura científica y de los congresos para las tecnologías aguas arriba; el scouting activo de startups, laboratorios y redes de expertos; y el análisis de patentes, que merece una nota porque es la fuente más infrautilizada. Las patentes son información estratégica pública: quién registra qué, en qué clases tecnológicas, con qué aceleración, revela las direcciones de inversión de los competidores años antes que los productos; las citas entre patentes mapean las dependencias tecnológicas; los huecos en las clases abarrotadas señalan espacios. El capítulo 12 tratará las patentes como instrumento de protección; aquí deben registrarse como instrumento de lectura del paisaje, utilizable también por quien no patenta.

Sección 4

Entradas, salidas y el valor de lo que se para

Los criterios de entrada y de salida son el sistema inmunitario de la cartera, y su asimetría práctica debe corregirse con la asimetría opuesta en el diseño: puesto que abrir es fácil y cerrar es difícil, los criterios de entrada deben ser exigentes y los de salida, automáticos en la medida de lo posible.

La entrada disciplinada requiere que el proyecto candidato supere tres exámenes: el mérito absoluto (el problema validado según el capítulo 02, con una vía de solución plausible), el mérito relativo (rinde más que las alternativas en cola, incluida la alternativa de reforzar proyectos existentes: cada entrada compite con todo), y la compatibilidad (las competencias necesarias existen o pueden procurarse; el equilibrio de la cartera lo permite; la hoja de ruta lo sitúa). El tercer examen es el que las organizaciones se saltan más a menudo, y es el más barato de hacer.

La salida disciplinada se apoya en las puertas de decisión (gates) del capítulo 07 (criterios declarados antes, evidencia examinada por quien no tiene costes hundidos) con el añadido de la perspectiva de cartera: la pregunta en la puerta de decisión no es solo "¿este proyecto merece el próximo euro?" sino "¿este euro rinde más aquí o en el mejor proyecto en cola?". Es la pregunta que los costes hundidos y los patrocinadores no quieren oír, y es la razón por la que debe institucionalizarse: revisiones de cartera periódicas con el inventario completo delante, no decisiones proyecto por proyecto en salas separadas.

El valor de lo que se para. Un proyecto parado con método no devuelve cero. Devuelve aprendizaje (la hipótesis refutada que evitará el mismo error en otra parte), a veces tecnología reutilizable, y sobre todo un concepto documentado: el problema analizado, el mecanismo verificado hasta donde se ha llevado, los riesgos nombrados, la eventual propiedad intelectual. La teoría de las opciones reales da a este residuo el nombre correcto: una opción, el derecho sin obligación de reabrir cuando las circunstancias cambian; y las circunstancias cambian, porque las tecnologías habilitantes maduran (el coste que hacía el concepto antieconómico baja a lo largo de su curva), los mercados se mueven, las normativas abren espacios. El caso histórico más citado es el vidrio Chemcor de Corning: desarrollado en los años sesenta, sin mercado en la época, archivado con su documentación, y reabierto más de cuarenta años después cuando la telefonía móvil creó la demanda de un vidrio fino y resistente a los arañazos; comercializado como Gorilla Glass, se ha convertido en uno de los productos principales de la empresa. La condición para que la opción exista es la disciplina de archivo: el concepto parado debe documentarse como si tuviera que ser reabierto por otros, la propiedad intelectual mantenerse donde el coste lo justifique, y el inventario de conceptos revisarse periódicamente a la luz de lo que entretanto ha madurado. Una cartera madura tiene, por tanto, dos inventarios: los proyectos activos y las opciones en espera, y el segundo es un activo patrimonial, no un cementerio.

En el método Volcano

El capítulo da la teoría de la cartera: 61 proyectos propios, cada uno publicado con su estado y su TRL, gestionados explícitamente como cartera y no como suma de iniciativas. Los criterios de entrada de la sección 4 corresponden a los filtros declarados del método: el problema verificado y de alto impacto (mérito absoluto), y el criterio de compatibilidad en su forma más nítida ("si un problema exige una disciplina que no tenemos ni sabemos procurar, ese proyecto no se abre"). Las paradas siguen un protocolo público, las cuatro preguntas del riesgo aplicadas siempre en el mismo orden más la ventana de decisión, es decir, el automatismo de salida que la sección 4 recomienda contra la discrecionalidad de los patrocinadores. El patrimonio de conceptos es la partida que el modelo llama explícitamente así ("patrimonio de conceptos"), con la valoración orientativa de la cartera declarada como activo que precede a cada nueva venture: es el inventario de las opciones de la sección 4, hecho posible por la estructura de propiedad intelectual (capítulo 12) que mantiene la PI de los proyectos parados en manos de los titulares, reutilizable en iniciativas posteriores. El equilibrio de la sección 2 se lee en la composición sectorial declarada (energía, movilidad, agritech, healthtech, economía circular, digital industrial) apoyada en el núcleo común de competencias; la elección de problemas de alto impacto con soluciones a ser posible disruptivas sitúa deliberadamente el centro de gravedad de la cartera en las ostras de la matriz, con la reducción del riesgo (de-risking) por fases (capítulos 06, 07 y 09) como mecanismo que hace sostenible esa posición.

Lecturas

Para profundizar

  • R.G. Cooper, S.J. Edgett y E.J. Kleinschmidt, Portfolio Management for New Products (2.ª edición, 2001): la referencia empírica de la disciplina, con el diagnóstico de los demasiados proyectos y los métodos de equilibrio.
  • M. Baghai, S. Coley y D. White, The Alchemy of Growth (1999): la formulación original de los tres horizontes.
  • R. Phaal, C. Farrukh y D. Probert, "Technology Roadmapping: A Planning Framework for Evolution and Revolution" (Technological Forecasting and Social Change, 2004): el marco metodológico del roadmapping en la escuela de Cambridge.
  • R.G. McGrath, "Falling Forward: Real Options Reasoning and Entrepreneurial Failure" (Academy of Management Review, 1999): el razonamiento por opciones reales aplicado a los proyectos parados, fundamento teórico del valor del patrimonio de conceptos.

Preguntas frecuentes

Preguntas frecuentes

Ya hemos invertido mucho en un proyecto: ¿pararlo ahora no desperdicia la inversión?

La inversión pasada está gastada de todos modos, se decida lo que se decida: la única pregunta racional se refiere al próximo euro, y a si rinde más en este proyecto o en el mejor en cola. Lo que el proyecto ha producido (aprendizaje, tecnología, concepto documentado, PI) queda adquirido incluso parándolo, y es precisamente la disciplina de documentación la que transforma la parada de pérdida en opción. Continuar para no "desperdiciar" el pasado es la definición operativa del error de los costes hundidos.

¿Cuántos proyectos son demasiados?

Cuando la pregunta se vuelve necesaria, la respuesta es casi siempre: los actuales. La señal no es un número absoluto sino los síntomas de la dilución: plazos que se alargan en todas partes, personas clave fragmentadas en muchos frentes, proyectos que avanzan a saltos entre largas esperas, zombis que nadie financia ni para. La prueba práctica: si los recursos liberados parando el peor cuartil aceleraran visiblemente el resto, la cartera estaba sobrecargada; la evidencia empírica dice que esta prueba, cuando se hace, lo confirma casi siempre.

¿El reparto 70-20-10 entre los tres horizontes es la regla correcta?

Es una anécdota útil como recordatorio, no un resultado empírico: el reparto correcto depende de la velocidad del sector, de la posición competitiva y del estadio de la organización, y para un operador cuya misión es la exploración (como un venture builder) el centro de gravedad está estructuralmente más adelante. La regla verdadera es otra: el reparto debe ser explícito, decidido y revisado, porque el implícito converge siempre en el horizonte corto.

¿Qué sentido tiene conservar conceptos que hemos decidido no desarrollar?

Son opciones, y las opciones tienen valor porque las circunstancias cambian: tecnologías habilitantes que bajan de coste, mercados que se abren, normativas que crean demanda. El caso Corning (un vidrio de los años sesenta convertido en Gorilla Glass cuarenta años después) muestra la escala que este valor puede alcanzar. Las condiciones para que el valor exista son tres: documentación hecha para ser reabierta por otros, propiedad intelectual mantenida donde el coste lo justifique, y revisión periódica del inventario a la luz de lo que ha madurado entretanto.

We choose to go to the Moon in this decade and do the other things, not because they are easy, but because they are hard.
John F. Kennedy, 1962
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